El trabajo de los Francmasones

La Francmasonería impone a sus afiliados, corno deber ineludible, el trabajo, que es la gran idea de la Institución y el pensamiento dominante en no importa qué parte de los rituales, que constantemente recomiendan el cumplimiento de este deber. Todo francmasón debe ser trabajador.

No hay culto más elevado que el trabajo. Los trabajos masónicos representan la actividad colectiva de los Hermanos. La apertura y el cierre de aquellos se realizan en horas convencionales y simbólicas.

La vida masónica no está confinada al interior de la Logia. La vida de los francmasones se desarrolla en dos planos:

• uno, envuelto en la ritualidad y los símbolos dentro de los Templos;

• otro, dentro de la sociedad, a la que han de impregnar de un sentido ético y tolerante procurando realizar el mayor bien posible al mayor número de seres humanos. Dentro y fuera de ella se dedican a mejorarse como hombres y como ciudadanos, intentando vivir de acuerdo con el Código Moral de la Francmasonería.

En sus trabajos, la instrucción debe predominar sobre la educación. La presencia de los francmasones en la sociedad ha de ser el reflejo de la preparación esotéricainiciática del Templo; una presencia que es, al tiempo, ideal y concreta. Ideal, en el sentido de manifestar al mundo el propio modo de pensar, la propia reflexión y el propio entendimiento ético y cultural. Concreta, en cuanto que el francmasón, con su preparación esotérica, participa activamente en la solución de los problemas que se presentan a la Humanidad, desde la perspectiva ética del mayor bien para el mayor número de personas. La Francmasonería no actúa en la sociedad; son los francmasones quienes lo hacen.

No pretende tener el monopolio de los ideales que proclama su Código Moral; pero tiene sus métodos peculiares para el desarrollo de estos ideales, que han dado resultados excelentes. La masonería enseña y practica los principios y los ideales de gentileza, honestidad, amabilidad, comprensión, tolerancia, solidaridad y afecto. Defiende la creencia de que todos los hombres somos parte de la Gran Fraternidad Humana y sus miembros han de trabajar sin descanso para propagar estos ideales. La mayor parte de este trabajo se desarrolla fuera de las Logias, en los ámbitos profesionales, sociales y culturales de cada francmasón.

Todos los Francmasones repartidos por la superficie del globo, están, en principio, unidos por un juramento de solidaridad y ayuda fraterna. De este juramento se derivan diversas obligaciones, muchas de las cuales es fuera de la Logia donde se debe hallar su aplicación práctica mediante el trabajo.

Los cuatro grandes principios que han de inspirar el trabajo masónico son:

1) Amor Fraternal. Cada francmasón verdadero mostrará tolerancia y respeto a las opiniones ajenas, conduciéndose siempre con comprensión. Nunca criticará a su hermano aunque su conducta sea realmente reprensible. Buscará y propiciará su reforma. Procurará evitar la condena pública de un Hermano aunque no se haya comportado bien y se encuentre a años luz de merecer el elogio. Siempre hay algo respetable en quien actúa abiertamente, aunque esté equivocado.

2) Ayuda y Consuelo. No sólo entre los francmasones sino con toda la comunidad humana. Todos tienen derecho a sus buenos oficios, pues «cuando reina la ambición, el odio, la rivalidad y el egoísmo, no puede establecerse la armonía en la colectividad».

3) Amor a la verdad, para conseguirla en la propia vida. La Francmasonería aspira a que entre el patriotismo y la moralidad se alce el altar de la Verdad. Desde el momento de la iniciación, enseña a sus miembros que la Verdad es un atributo de la divinidad y base fundamental de todas las virtudes.

4) Amor a la virtud. La virtud puede definirse como la maximización de los principios éticos; en otros términos, la virtud realiza de modo pleno el principio ético. Vivir virtuosamente es un ideal masónico que supera los condicionamientos biológicos. El bien ético es superior al bien biológico e impulsa al ser humano a seguir la ética y la virtud como método de conducta por encima, incluso, de su vida física.

Existen, también, peculiaridades de la vida masónica que deben ser conocidas pues forman parte de ella. Son las siguientes:

La solidaridad masónica, pues, repetimos, todos los francmasones deben socorrerse y ayudarse en caso de necesidad. Es un principio fundamental que, en términos casi idénticos, se refleja en las Constituciones o Estatutos de todas las Obediencias y en los juramentos iniciáticos.

La fórmula primaria es la de la beneficencia. Cada Logia tiene un Hospitalario que se encarga de estos menesteres; pero la solidaridad en la Francmasonería no es solamente esto. Es mucho más amplia y ha de practicarse aún en las condiciones más desfavorables.

La tolerancia, que es, a la vez, deber y virtud; ello es opuesto a permanecer dogmáticos y ultramontanos en las Logias, a ser liberales con nosotros mismos e intransigentes con los demás.

La justicia masónica: la Francmasonería tiene sus normas disciplinarias con unos ámbitos de aplicación claramente determinados, que se basa fundamentalmente en Jurados de Honor que, tras un proceso revestido de todas las garantías, pueden aplicar sanciones que van, desde la amonestación, hasta la expulsión de la Orden. La justicia masónica admite —también— las reclamaciones hechas por «profanos» contra masones.

La Francmasonería, ajena a las luchas políticas y religiosas, profesa el más acendrado amor a la libertad cuya extensión está definida por el consejo a sus miembros de que no hagan a los demás lo que no quisieran para sí, y cuya causa ha defendido siempre a pesar de las persecuciones de que ha sido y es objeto. El hombre, para ser masón, ha de ser libre en sus actos, conciencia y opinión. Sostiene el principio de la igualdad, en las leyes y en todo lo que es susceptible de mejora dentro de las variedades que, sin distinción de raza, cuna o posición social, ofrece la especie humana.

La fraternidad a cuya consecución aspira la Orden, constituye la idea filantrópica desarrollada en pos de la paz, la caridad y el amor universal. La práctica de estos principios y peculiaridades proyectada fuera de las Logias —a la sociedad— nos lleva al problema de la exteriorización. La Francmasonería, se ha repetido muchas veces, no es una sociedad secreta aunque sí es una sociedad discreta. Se ha admitido siempre que un francmasón es libre de “descubrir”, o no, su pertenencia a la Orden. Es una cuestión de carácter personal que queda a criterio del interesado. Sin embargo existe la regla, no siempre recogida en las Constituciones y Estatutos, pero de obligado cumplimiento, de no «descubrir» la afiliación de otro Hermano salvo que se cuente con su anuencia. El problema de la exteriorización de la condición masónica tiene importancia en algunas naciones, como —por razones obvias— ocurre en España; en otras, como sucede en los Estados Unidos de América, se hace constar, como dato positivo de carácter relevante, en los “curriculum vitae” de las solicitudes de empleo.


Los dirigentes de la Orden, comenzando por los Venerables Maestros de las Logias, deben ilustrar «al mundo profano» con el fin de evitar que éste siga alimentándose del error en cuanto se refiere a la organización y objetivos de la Francmasonería. Para ello se organizan reuniones abiertas a las que son invitados los profanos; también algunos dirigentes toman parte, con asiduidad, en cursos, conferencias y mesas redondas, donde se discuten temas relacionados con la Orden.

Todas las Potencias consagran los primeros preceptos de sus Estatutos, que les sirven de base constitutiva, a la definición y proclamación de los grandes y universales principios que forman el credo masónico e informan el acontecer de la Orden. No existe en cuanto a ellos secreto ni reserva alguna. Su propagación forma parte del trabajo cotidiano del francmasón. Quien no entienda así la Francmasonería, ni la viva así, no es masón, aunque erróneamente, haya sido iniciado.